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Educación.
El origen de nuestra autoridad
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From: "FRANCISCO J. LOZANO SORIANO FUNDACION SAN VALERO -
PROFESORES" <fjlozano@SVALERO.ES>
To: <EDULIST@LISTSERV.REDIRIS.ES>
Sent: Sunday, May 04, 2003 11:50 AM
Subject: [ED] El origen de nuestra autoridad
¡Hola amigos!:
Siempre que leo vuestros correos, cuando puedo hacerlo, me da mucha
rabia no poder participar por cuestión de tiempo. Hoy que tengo unos
minutillos quiero lanzar al ruedo una cuestión que me preocupa.
Es el tema de la autoridad en el aula. Yo escribí un artículo hace
tres
o cuatro años que publiqué en la revista "Proyecto" que
hacemos en
nuestro centro dirigida a los profesores (Precisamente este mes he
sacado otro, hacía meses que no colaboraba). Os lo envío porque sigue,
años después, reflejando claramente lo que pienso del tema. Yo doy
clase en primer ciclo de la ESO y soy el Orientador de todo el centro
para todos los niveles, excepto de primaria que no tenemos.
Espero que os guste y me agradaría saber lo que pensáis del tema.
Os invito si os apetece a entrar en la web de mi centro para que la
veáis, en ella podéis encontrar el "Proyecto de este mes".
Creo que no
hace falta clave para leerlo.
Un abrazo desde Zaragoza
Javier
EL
ORIGEN DE NUESTRA AUTORIDAD
Ya
comienzan a hacer acto de presencia los primeros rayos de sol, esos que
nuestros alumnos aprovechan al máximo en el recreo o a la puerta de la
Escuela y que empiezan a alejar de su cabeza conceptos, ideas, teoremas
y demás “rollos” para dar paso al parque, los ligues y otros
menesteres que atraen mucho más su atención.
A mí, por estas fechas me preocupa todo esto. ¿Qué podemos
hacer para hacerles comprender su necesidad de no perder el ritmo?, ¿de
apurar los cuatro días que quedan para las vacaciones de verano.?
Creo
que debemos darnos cuenta de la edad que tienen, que no pueden hacer
todo como a nosotros nos gustaría, que tal vez debamos acercarnos todavía
un poco más a ellos, evidentemente sin perder de vista nuestro
cometido. Llegados a este punto, podrás pensar que tu autoridad puede
resentirse. Pero ¿tienes autoridad?, o lo que tienes o pretendes tener
es poder.
Debemos
pensar que esos chicos que, como he dicho en multitud de ocasiones desde
estas páginas, nos sacan de quicio, esos adolescentes que nos enervan
en demasía son los que deben darnos la autoridad que, en muchas
ocasiones, pretendemos tener. En tu clase, como en la mía, la cercanía
es esencial, debemos estar a su lado en este tramo tan decisivo para sus
vidas y según en qué nivel estés más aún. Debemos ganarnos día a día
su confianza, su cariño, en definitiva, ellos deben darnos esa
autoridad que debemos emplear después para que nuestras clases
funcionen, y ellos lo saben, son conscientes de que tú eres quien
“manda” en el aula porque ellos mismos te han colocado en ese lugar,
generalmente con una unanimidad aplastante con la que muchos adultos
somos incapaces de responder.
Debemos hacer un esfuerzo y recordar cuando éramos como ellos...
“Es
de sabios reconciliarnos con nuestra adolescencia; odiar, despreciar,
negar o simplemente olvidar el adolescente que fuimos es en sí una
actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como enfermedad
moral.”[i]
...y
no caer en el grave error de dedicarnos a la información con “afán
de ser más juez que responsable del aprendizaje”
[ii],
olvidando lo más importante, la formación integral como personas en
esta etapa crítica de su desarrollo.
Fco.
Javier Lozano
[i]
“Como una novela”,
Pennac, Daniel. Ed. Anagrama, Colección Argumentos, 137, Barna,
1998.
[ii] “Sistemas
educativos de hoy”, García Garrido, José Luis. Ed. Dykinson,
3ª edición, Madrid, 1993.
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Comenzaré
por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural
ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de
cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este
importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo
habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que
esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.
Estaban
los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada
uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la
campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo
sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo
del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero
aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era
sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se
encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la
calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y
menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la
iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La
campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló.
Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el
umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente
la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se
encontraba el campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está
aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del
campesino. 'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los
vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura
de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está
muerta'.
¿Qué
había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o
marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio
los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña
parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El
perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión,
y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la
protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó.
Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea
tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella)
la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada
indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del
universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas,
sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte
de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor
tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima
de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por
fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que
sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al
campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una
vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y
con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto
que la Historia nunca nos lo cuenta todo...
Supongo
que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que
una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por
la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más
ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas
la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en
este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de
nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si
al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en
ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a
esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se
envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica
judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las
pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un
lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera
cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el
sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase
a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como
indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia
ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los
determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese
emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en
la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por
el derecho a ser que asiste a cada ser humano.
Pero las
campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían.
Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para
llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo,
en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que
convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y
a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la
comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al
cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del
campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o,
peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas
que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el
mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que
es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente
que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si
hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de
tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa
justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la
humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas
campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el
mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social
que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y
conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como
intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el
derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa
justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance
de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado
desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy
sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más
desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace
cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de
Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar
siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la
rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de
todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la
denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o
impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que
cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro
prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos
que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las
mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los
partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos
locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su
conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y
burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte,
responsable del adormecimiento social resultante del proceso de
globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría
callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha
particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no
intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos
acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización
económica.
¿Y la
democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para
quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas
concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno
del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a
personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés
por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia
irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor
parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático
general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución
plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más
cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de
la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente
democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que
podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos
reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido,
escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que
de la relevancia numérica de tales representaciones y de las
combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone,
siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente
cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí.
El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y
poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca
tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el
mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al
poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en
aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con
estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al
que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y
todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver
la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como
si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más
que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos
de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no
bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o
para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros
responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios
políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir
las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los
dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas
en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de
ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...
¿Qué
hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al
efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones
de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema
democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase,
intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se
discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y
dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o
indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover
un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia,
sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social,
sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y
financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la
democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna,
sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos
retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y
todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí
mismo. Y así estamos viviendo.
No tengo
más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de
silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la
torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.
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