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Psicología

 

Psicología

"El alumno terrorista"

 

¿Para cuando la ley de la ética política?
¿Para cuando la ley de la profesionalización educativa del profesorado educador?
¿Para cuando la Psicología y la Educación en los currícula básicos?

 

Historias sin importancia: 

El alumno terrorista  

Hacía pocos meses que mi entrañable amigo Ferran (pedagogo) y yo (psicólogo) que constituíamos “el Equipo (psicopedagógico) del Sectror” habíamos trasladado allá (un colegio de EGB de un municipio muy populoso, turístico y rico del poniente de la Isla Mayor) nuestra sede: un zulo de 4x3 m que hasta nuestra llegada había sido el almacén del material escolar (cuadernos, gomas de borrar, lapiceros,...) adjunto a la Secretaría del Colegio.

Hacía pocos meses y, sin embargo, era la cuarta ocasión (en los últimos 15 días) que sonaban las alarmas del Colegio en señal de desalojo general del Centro. Mi amigo y compañero de pareja (psicopedagógica, no se confundan) Ferran  estaba en misión de asesoramiento pedagógico a las profesoras de otros centros del mismo Sector, mientras yo (coordinador del Equipo) estaba realizando tareas administrativas burocráticas en el zulo. Al oír las sirenas no me inmuté y seguí con mis “papeles”. Tenía demasiado trabajo como para perder el tiempo en ritos. De las tres veces anteriores sólo salí la primera. Una vez que vi en que consistía toda la comedia, las veces siguientes, decidí no perder tiempo y seguir trabajando (Ferran y yo teníamos la vana ilusión de vencer y adelantar al trabajo. Llegar a una situación de no tener trabajo pendiente y poder esperarlo a que llegara nuevo para ir haciéndolo. Nunca lo conseguimos).

Seguía con mis papeles, cuando unos cinco minutos después, vino mi amiga, la Directora del Centro, por cierto socialista, muy nerviosa, a decirme que “la normativa correspondiente” exigía que yo también desalojara el Centro por muchos precedentes que hubiera de la falsedad de las alarmas; que la Policía Estatal se lo había dicho y la responsabilizaba a ella, como Directora que era, de...  Me resultaba muy chocante que en estos momentos festivos (los alumnos y profesores habían conseguido un nuevo record de salida del Centro: todo el mundo, excepto yo, en menos de cinco minutos, habían salido y habían llegado al inmenso solar aún ni cercado ni construido contiguo, donde empezaba una jornada de juegos extraescolares -hoy es un bloque enorme de viviendas-) la Directora se pusiera a disposición de lo que dijera el cabo de la Policía Estatal, mucho más que a la del Inspector educativo o incluso el propio Delegado Provincial de Educación. Las “normas” debían decir que en caso de amenaza de bomba la máxima autoridad era la persona que mandara la Policía Estatal. Lógicamente no quise mantener la situación de excitación y tensión de mi amiga Directora y salí inmediatamente a sumarme a los juegos de los alumnos y profesores en el solar.

Al cabo de una media hora, aproximadamente, los tres o cuatro policías habían revisado todo el Centro (aulas, cocina, aseos,...) y, no habiendo rastro de ningún artefacto sospechoso, nos autorizaban a regresar a las aulas (y a mí al zulo).

En las cuatro ocasiones, una vez finalizado el show, la Directora se quedaba hablando un buen rato con el cabo en su despacho cerrado. Nunca, a pesar de ser ella amiga y yo profesional de los comportamientos humanos y el único psicólogo en el Centro, me comentó nada de lo que hablaban con la Policía Estatal respecto del tema (no ha sido la primera vez que la Administración, en muchos de sus niveles, desaprovecha, queriendo o por ignorancia, recursos propios -humanos, materiales, técnicos o formales-, para solucionar problemas también propios).

Temiendo que este hecho se repitiera cuatro veces cada quince días y yo, junto con más de trescientos alumnos y profesores, tuviera que salir a perder el tiempo, le pregunté a la Directora si me podía decir qué era lo que hacía al respecto del hecho, de acuerdo con las normativas recibidas. Me dijo que tenía que hacer unos informes, partes de incidencia, que tenía que remitir tanto a su inspector de zona como al Ayuntamiento, así como ir a declarar (qué, cuándo, cómo,...) a la sede de la policía; papeles, burocracia administrativa, que se archivaban en tres archivos diferentes a dormir el sueño de los nulos. Le dije que lamentaba que, siendo amiga mía, nunca me hubiese pedido ni siquiera consejo, siendo un caso propio de mi profesión y que prefiriera un tratamiento policial ineficaz a un tratamiento psicológico y educativo del caso, siendo que un Colegio es un Centro Educativo (muchas veces vamos a buscar fuera soluciones inexistentes e inadecuadas cuando dentro tenemos los recursos adecuados y existentes). Siempre he defendido el carácter libre de la orientación recibida, tanto por profesores, como por los alumnos, como por padres (no se puede “hacer un favor” a la fuerza. O lo quieres o no lo quieres y punto). La Orientación es un derecho de los miembros de la comunidad educativa, pero no debe serles una obligación. No obstante, tampoco se puede fomentar la ignorancia de qué es, para que sirve y la eficacia de la Orientación, porque nadie va a pedir algo, para sí mismo, si desconoce su existencia (en el mundo educativo de los necios, las dos triadas que he comentado otras veces, se fomentaba y fomenta este desconocimiento) o su funcionalidad. “¿O es que acaso tú lo habrías hecho mejor?” me espetó. No es cuestión de mejor o peor, es cuestión de hacerlo (eficacia). El aspecto formal no me interesa si no se consigue ningún resultado (el divertido, incompetente e inepto inspector de la triada, en otra ocasión, tuvo este diálogo conmigo: “y esto que me dices que tengo que hacer, por qué?”, le preguntaba. “Porque yo lo digo y basta”. “Quiero decir, ¿qué se conseguirá con ello?”. “Pero, ¿habrá-se visto? ¡Tú limítate a hacer lo que yo te mande y no te preocupes de para qué sirve y nada más!”). Los nuevos tiempos políticos en España han generalizado muchas actitudes como ésta: ineficaces, irracionales, normativas caprichosas sin más argumento que el autoritarismo impositivo. Por el contrario, el último inspector coherente y eficaz que ha tenido la Orientación (actualmente no sé si hay un Inspector específico) en Illes Balears, Vicente Ramos, un inspector de paso por aquí, siempre nos decía: “Nunca hagáis nada que no sirva para nada. Procurad que todo lo que hagáis sirva para algo... bueno o positivo”.

Entonces le dije a la Directora: “Yo creo que, si me dejas este papel, sabría solucionar el tema fácilmente”. La primera vez que hubo amenaza de bomba había sido por teléfono, las otras tres había sido mediante un papel arrugado, del tamaño de una octavilla, escrito a mano: “hoy explotará una bomba en el colegio”, y el último de los papeles lo tenía la Directora.

En 48 horas estaba solucionado el problema. Todos mis amigos psicólogos y muchos no psicólogos, en esta lectura, habrán concluído que no era un problema de muy difícil solución. No hay excesivo mérito profesional en este caso. No obstante, resultó ser un chico cuyo estudio psicológico posterior me resultó muy interesante y muy didáctico.

“Ya está. Ya sé quien es y no volverán a producirse más amenazas de bomba” le dije a la Directora entregándole el papel que me había proporcionado. “Pues dímelo”, me contestó ella. “No; mi compromiso era solucionar el problema y nada más”, pero no ni delatar al confiado alumno ni obligarle a iniciar un proceso de victimización, desprecio o demonización o acoso psicológico para purgar su “grave culpa”. Por lo visto no hablábamos de lo mismo cuando yo dije “solucionar el problema”. Yo pensaba que solucionar el problema era evitar que se volviera a producir en el futuro. Ella, apoyada posteriormente por el Claustro e Inspector, también amigo mío, pensaba que era identificar al autor ante toda la Comunidad Educativa y aplicarle “un castigo ejemplar” para que sirviera de escarmiento y temor para todos de manera que nadie más estuviera tentado de repetir una acción parecida. La psicología conductual demuestra que el segundo criterio no corrige la conducta, sino que la activa y la generaliza.

Este malentendido supuso un Claustro de profesores en el que tanto Directora, como yo mantuvimos nuestro criterio de lo qué era “solucionar el problema”; el Claustro, casi por unanimidad, lo entendía más como la Directora; supuso también una denuncia contra mi de mi amiga Directora a mi amigo Inspector (no lo digo con coña. Tengo inspectores y director que me producen nausea y que me odian, pero la Directora e Inspector de esta historia, como la mayoría de ellos, son, ciertamente, amigos). El Inspector, que tiene o tenía un título de licenciado cuya especialidad otorgada, por error, era la de psicólogo, aunque nunca ha aprovechado este error ni ha ejercido de tal, me dijo que yo, antes que psicólogo era funcionario, a lo que le respondí, que era cierto, pero que mi formación y afiliación profesional no colisionaba con mi condición de funcionario, sino que la enriquecía.

¿Cómo acabó la cuestión? No lo recuerdo (supongo que debió acabar mal porque suelo olvidar los malos finales y recordar los buenos),  pero sí recuerdo que no perdí la confianza del muchacho, ni la amistad de la Directora, Claustro e Inspector de zona. No se reprodujeron amenazas de bomba, la Directora sigue siéndolo, Ferran se jubiló anticipadamente el curso pasado y ahora va por delante del trabajo, pescando en una barquita de remos mientras yo estoy en el trabajo, yendo por detrás del mismo, sin poder alcanzar su finalización, y manteniendo (Ferran) la amistad de todos los profesores y profesoras a quienes entonces orientaba.

Algunos años más tarde tuve la suerte de “aterrizar” profesionalmente en un Instituto, concreto (ya no era miembro de Equipo Psicopedagógico de Sector, sino Orientador y coordinador de la Orientación de un Centro de Educación Secundaria) en el que tuve la oportunidad de vivir la “demencia educativa”, en donde los problemas pedagógicos se intentan solucionar con medidas policiales, obviando siempre los recursos pedagógicos del Centro, hasta el extremo de cerrar la puerta de la Jefatura de Estudios, poco más espaciosa (la Jefatura, no la puerta) que nuestro zulo, con un solo alumno autor de una supuesta fechoría, sin más interrogador que el Jefe de Estudios, o Director o ambos o, incluso, en alguna ocasión, uno de ellos con un policía local, según la naturaleza o gravedad del hecho. Un verdadero TOP. Este sistema no ha permitido evitar cerca de 300 partes de falta mensuales, cerca de sesenta expulsiones temporales anuales, unas cuantas definitivas, incluso alguna de ilegal y más de 60 insuficientes anuales entre los alumnos de tercero y cuarto de ESO (más de un 40%). Tuve la suerte de poder “ver” anticipadamente, y en un sistema reducido, el futuro (ahora ya presente) sistema político y social impuesto por el Gobierno Estatal y mayoría absoluta del Parlamento. Quienes, en España, profesores, tenéis la suerte de aún no haber vivido esta experiencia, no tardareis en vivirla si la LOCE arraiga y se implanta con el estilo y talante que nos muestran actualmente prácticamente la totalidad de miembros del Gobierno Estatal.

No obstante la unidad de destino permanente de la España cavernícola es la de ir 50 años por detrás de los otros pueblos civilizados: Ahora que el mundo libre avanza hacia la globalidad ecológica, justa y social, la España de Aznar (¿Para cuando la ley de ética política, en donde la rectitud de conciencia moral sea criterio superior a la disciplina de orden, en el momento de las votaciones y toma de decisiones? ¿Para cuando la ley de justicia educativa o LOGSE, en donde no haya diferencias de oportunidades por capacidad y en donde la integración global sea el criterio en lugar de la máxima clasificación? ¿Para cuando la ley de la profesionalización y profesionalidad educativa de la función educativa?) se alinea y subordina con el único país occidental de inferior valor cultural, racional y moral, haciendo ascos a la Europa que, primero, nos ha aceptado como miembros y, luego, ha invertido miles de millones de Euros del Fondo de cohesión europeo, para que, España, como miembro de Europa, pueda acercarse, económicamente (y, consecuentemente, en formación profesional, técnica y cultural) a los niveles medios de la Unión Europea.

Pero, esto, aún está en tus manos, miembro del pueblo de España, el cambiarlo, rectificarlo y volver a retomar el tren de Europa y de la amistad con los pueblos hermanos de Iberoamérica, mundo árabe y pueblos del Mundo (sin exclusiones), de la libertad, de la justicia, de la ética y ecología, aunque nos tengamos que poner en el vagón de la cola, porque aún no han destruido las urnas para las futuras votaciones, aunque sí hayan matado, ya, la democracia de las decisiones del momento presente.

Antoni Ramis Caldentey
Psicólogo Social y Educativo
Illes Balears. España. 12-03-03

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