|
Historias
sin
importancia:
El
alumno terrorista
Hacía
pocos meses que mi entrañable amigo Ferran (pedagogo) y yo (psicólogo)
que constituíamos “el Equipo (psicopedagógico) del Sectror” habíamos
trasladado allá (un colegio de EGB de un municipio muy populoso, turístico
y rico del poniente de la Isla Mayor) nuestra sede: un zulo de 4x3 m que
hasta nuestra llegada había sido el almacén del material escolar
(cuadernos, gomas de borrar, lapiceros,...) adjunto a la Secretaría del
Colegio.
Hacía
pocos meses y, sin embargo, era la cuarta ocasión (en los últimos 15 días)
que sonaban las alarmas del Colegio en señal de desalojo general del
Centro. Mi amigo y compañero de pareja (psicopedagógica, no se
confundan) Ferran estaba en
misión de asesoramiento pedagógico a las profesoras de otros centros
del mismo Sector, mientras yo (coordinador del Equipo) estaba realizando
tareas administrativas burocráticas en el zulo. Al oír las sirenas no
me inmuté y seguí con mis “papeles”. Tenía demasiado trabajo como
para perder el tiempo en ritos. De las tres veces anteriores sólo salí
la primera. Una vez que vi en que consistía toda la comedia, las veces
siguientes, decidí no perder tiempo y seguir trabajando (Ferran y yo
teníamos la vana ilusión de vencer y adelantar al trabajo. Llegar a
una situación de no tener trabajo pendiente y poder esperarlo a que
llegara nuevo para ir haciéndolo. Nunca lo conseguimos).
Seguía
con mis papeles, cuando unos cinco minutos después, vino mi amiga, la
Directora del Centro, por cierto socialista, muy nerviosa, a decirme que
“la normativa correspondiente” exigía que yo también desalojara el
Centro por muchos precedentes que hubiera de la falsedad de las alarmas;
que la Policía Estatal se lo había dicho y la responsabilizaba a ella,
como Directora que era, de... Me
resultaba muy chocante que en estos momentos festivos (los alumnos y
profesores habían conseguido un nuevo record de salida del Centro: todo
el mundo, excepto yo, en menos de cinco minutos, habían salido y habían
llegado al inmenso solar aún ni cercado ni construido contiguo, donde
empezaba una jornada de juegos extraescolares -hoy es un bloque enorme
de viviendas-) la Directora se pusiera a disposición de lo que dijera
el cabo de la Policía Estatal, mucho más que a la del Inspector
educativo o incluso el propio Delegado Provincial de Educación. Las
“normas” debían decir que en caso de amenaza de bomba la máxima
autoridad era la persona que mandara la Policía Estatal. Lógicamente
no quise mantener la situación de excitación y tensión de mi amiga
Directora y salí inmediatamente a sumarme a los juegos de los alumnos y
profesores en el solar.
Al
cabo de una media hora, aproximadamente, los tres o cuatro policías habían
revisado todo el Centro (aulas, cocina, aseos,...) y, no habiendo rastro
de ningún artefacto sospechoso, nos autorizaban a regresar a las aulas
(y a mí al zulo).
En
las cuatro ocasiones, una vez finalizado el show, la Directora se
quedaba hablando un buen rato con el cabo en su despacho cerrado. Nunca,
a pesar de ser ella amiga y yo profesional de los comportamientos
humanos y el único psicólogo en el Centro, me comentó nada de lo que
hablaban con la Policía Estatal respecto del tema (no ha sido la
primera vez que la Administración, en muchos de sus niveles,
desaprovecha, queriendo o por ignorancia, recursos propios -humanos,
materiales, técnicos o formales-, para solucionar problemas también
propios).
Temiendo
que este hecho se repitiera cuatro veces cada quince días y yo, junto
con más de trescientos alumnos y profesores, tuviera que salir a perder
el tiempo, le pregunté a la Directora si me podía decir qué era lo
que hacía al respecto del hecho, de acuerdo con las normativas
recibidas. Me dijo que tenía que hacer unos informes, partes de
incidencia, que tenía que remitir tanto a su inspector de zona como al
Ayuntamiento, así como ir a declarar (qué, cuándo, cómo,...) a la
sede de la policía; papeles, burocracia administrativa, que se
archivaban en tres archivos diferentes a dormir el sueño de los nulos.
Le dije que lamentaba que, siendo amiga mía, nunca me hubiese pedido ni
siquiera consejo, siendo un caso propio de mi profesión y que
prefiriera un tratamiento policial ineficaz a un tratamiento psicológico
y educativo del caso, siendo que un Colegio es un Centro Educativo
(muchas veces vamos a buscar fuera soluciones inexistentes e inadecuadas
cuando dentro tenemos los recursos adecuados y existentes). Siempre he
defendido el carácter libre de la orientación recibida, tanto por
profesores, como por los alumnos, como por padres (no se puede “hacer
un favor” a la fuerza. O lo quieres o no lo quieres y punto). La
Orientación es un derecho de los miembros de la comunidad educativa,
pero no debe serles una obligación. No obstante, tampoco se puede
fomentar la ignorancia de qué es, para que sirve y la eficacia de la
Orientación, porque nadie va a pedir algo, para sí mismo, si desconoce
su existencia (en el mundo educativo de los necios, las dos triadas que
he comentado otras veces, se fomentaba y fomenta este desconocimiento) o
su funcionalidad. “¿O es que acaso tú lo habrías hecho mejor?” me
espetó. No es cuestión de mejor o peor, es cuestión de hacerlo
(eficacia). El aspecto formal no me interesa si no se consigue ningún
resultado (el divertido, incompetente e inepto inspector de la triada,
en otra ocasión, tuvo este diálogo conmigo: “y esto que me dices que
tengo que hacer, por qué?”, le preguntaba. “Porque yo lo digo y
basta”. “Quiero decir, ¿qué se conseguirá con ello?”. “Pero,
¿habrá-se visto? ¡Tú limítate a hacer lo que yo te mande y no te
preocupes de para qué sirve y nada más!”). Los nuevos tiempos políticos
en España han generalizado muchas actitudes como ésta: ineficaces,
irracionales, normativas caprichosas sin más argumento que el
autoritarismo impositivo. Por el contrario, el último inspector
coherente y eficaz que ha tenido la Orientación (actualmente no sé si
hay un Inspector específico) en Illes Balears, Vicente Ramos, un
inspector de paso por aquí, siempre nos decía: “Nunca hagáis nada
que no sirva para nada. Procurad que todo lo que hagáis sirva para
algo... bueno o positivo”.
Entonces
le dije a la Directora: “Yo creo que, si me dejas este papel, sabría
solucionar el tema fácilmente”. La primera vez que hubo amenaza de
bomba había sido por teléfono, las otras tres había sido mediante un
papel arrugado, del tamaño de una octavilla, escrito a mano: “hoy
explotará una bomba en el colegio”, y el último de los papeles lo
tenía la Directora.
En
48 horas estaba solucionado el problema. Todos mis amigos psicólogos y
muchos no psicólogos, en esta lectura, habrán concluído que no era un
problema de muy difícil solución. No hay excesivo mérito profesional
en este caso. No obstante, resultó ser un chico cuyo estudio psicológico
posterior me resultó muy interesante y muy didáctico.
“Ya
está. Ya sé quien es y no volverán a producirse más amenazas de
bomba” le dije a la Directora entregándole el papel que me había
proporcionado. “Pues dímelo”, me contestó ella. “No; mi
compromiso era solucionar el problema y nada más”, pero no ni delatar
al confiado alumno ni obligarle a iniciar un proceso de victimización,
desprecio o demonización o acoso psicológico para purgar su “grave
culpa”. Por lo visto no hablábamos de lo mismo cuando yo dije
“solucionar el problema”. Yo pensaba que solucionar el problema era
evitar que se volviera a producir en el futuro. Ella, apoyada
posteriormente por el Claustro e Inspector, también amigo mío, pensaba
que era identificar al autor ante toda la Comunidad Educativa y
aplicarle “un castigo ejemplar” para que sirviera de escarmiento y
temor para todos de manera que nadie más estuviera tentado de repetir
una acción parecida. La psicología conductual demuestra que el segundo
criterio no corrige la conducta, sino que la activa y la generaliza.
Este
malentendido supuso un Claustro de profesores en el que tanto Directora,
como yo mantuvimos nuestro criterio de lo qué era “solucionar el
problema”; el Claustro, casi por unanimidad, lo entendía más como la
Directora; supuso también una denuncia contra mi de mi amiga Directora
a mi amigo Inspector (no lo digo con coña. Tengo inspectores y director
que me producen nausea y que me odian, pero la Directora e Inspector de
esta historia, como la mayoría de ellos, son, ciertamente, amigos). El
Inspector, que tiene o tenía un título de licenciado cuya especialidad
otorgada, por error, era la de psicólogo, aunque nunca ha aprovechado
este error ni ha ejercido de tal, me dijo que yo, antes que psicólogo
era funcionario, a lo que le respondí, que era cierto, pero que mi
formación y afiliación profesional no colisionaba con mi condición de
funcionario, sino que la enriquecía.
¿Cómo
acabó la cuestión? No lo recuerdo (supongo que debió acabar mal
porque suelo olvidar los malos finales y recordar los buenos),
pero sí recuerdo que no perdí la confianza del muchacho, ni la
amistad de la Directora, Claustro e Inspector de zona. No se
reprodujeron amenazas de bomba, la Directora sigue siéndolo, Ferran se
jubiló anticipadamente el curso pasado y ahora va por delante del
trabajo, pescando en una barquita de remos mientras yo estoy en el
trabajo, yendo por detrás del mismo, sin poder alcanzar su finalización,
y manteniendo (Ferran) la amistad de todos los profesores y profesoras a
quienes entonces orientaba.
Algunos
años más tarde tuve la suerte de “aterrizar” profesionalmente en
un Instituto, concreto (ya no era miembro de Equipo Psicopedagógico de
Sector, sino Orientador y coordinador de la Orientación de un Centro de
Educación Secundaria) en el que tuve la oportunidad de vivir la
“demencia educativa”, en donde los problemas pedagógicos se
intentan solucionar con medidas policiales, obviando siempre los
recursos pedagógicos del Centro, hasta el extremo de cerrar la puerta
de la Jefatura de Estudios, poco más espaciosa (la Jefatura, no la
puerta) que nuestro zulo, con un solo alumno autor de una supuesta
fechoría, sin más interrogador que el Jefe de Estudios, o Director o
ambos o, incluso, en alguna ocasión, uno de ellos con un policía
local, según la naturaleza o gravedad del hecho. Un verdadero TOP. Este
sistema no ha permitido evitar cerca de 300 partes de falta mensuales,
cerca de sesenta expulsiones temporales anuales, unas cuantas
definitivas, incluso alguna de ilegal y más de 60 insuficientes anuales
entre los alumnos de tercero y cuarto de ESO (más de un 40%). Tuve la
suerte de poder “ver” anticipadamente, y en un sistema reducido, el
futuro (ahora ya presente) sistema político y social impuesto por el
Gobierno Estatal y mayoría absoluta del Parlamento. Quienes, en España,
profesores, tenéis la suerte de aún no haber vivido esta experiencia,
no tardareis en vivirla si la LOCE arraiga y se implanta con el estilo y
talante que nos muestran actualmente prácticamente la totalidad de
miembros del Gobierno Estatal.
No
obstante la unidad de destino permanente de la España cavernícola es
la de ir 50 años por detrás de los otros pueblos civilizados: Ahora
que el mundo libre avanza hacia la globalidad ecológica, justa y
social, la España de Aznar (¿Para cuando la ley
de ética política, en donde la rectitud de conciencia moral sea
criterio superior a la disciplina de orden, en el momento de las
votaciones y toma de decisiones? ¿Para cuando la ley de justicia
educativa o LOGSE, en donde no haya diferencias de oportunidades por
capacidad y en donde la integración global sea el criterio en lugar de
la máxima clasificación? ¿Para cuando la ley de la profesionalización
y profesionalidad educativa de la función educativa?) se alinea
y subordina con el único país occidental de inferior valor cultural,
racional y moral, haciendo ascos a la Europa que, primero, nos ha
aceptado como miembros y, luego, ha invertido miles de millones de Euros
del Fondo de cohesión europeo, para que, España, como miembro de
Europa, pueda acercarse, económicamente (y, consecuentemente, en
formación profesional, técnica y cultural) a los niveles medios de la
Unión Europea.
Pero,
esto, aún está en tus manos, miembro del pueblo de España, el
cambiarlo, rectificarlo y volver a retomar el tren de Europa y de la
amistad con los pueblos hermanos de Iberoamérica, mundo árabe y
pueblos del Mundo (sin exclusiones), de la libertad, de la justicia, de
la ética y ecología, aunque nos tengamos que poner en el vagón de la
cola, porque aún no han destruido las urnas para las futuras
votaciones, aunque sí hayan matado, ya, la democracia de las decisiones
del momento presente.
Antoni
Ramis Caldentey
Psicólogo Social y Educativo
Illes Balears. España. 12-03-03
Regresar
|