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Construyendo
la Paz
En pié de Paz
Federico Mayor
Zaragoza
El País. 17 de Febrero de 2002
En
pie de paz
Federico
Mayor Zaragoza es catedrático de Bioquímica de la Universidad
Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Cultura de
Paz. Durante muchos años ha sido el presidente de la UNESCO.
EL PAÍS | Opinión - 17-02-2003
"¡Qué
el alba venga deprisa!...".
Vicente Alexandre, en Ámbito, 1928.
"Si
quieres la paz, prepara la guerra", reza un proverbio tan
antiguo como perverso. El resultado está a la vista: guerra
tras guerra, confrontación tras confrontación. La paz ha sido
el tiempo que ha mediado entre dos guerras. Hemos hecho aquello
para lo que estábamos preparados: la guerra. Hemos utilizado la
fuerza, y no el diálogo; la espada, y no la palabra. Hemos
vivido en "pie de guerra", que, según la Real
Academia de la Lengua, se refiere al "ejército que en
tiempo de paz se halla apercibido y preparado como si fuera a
entrar en campaña"... y "se aplica a cualquier nación
que se arma y pertrecha de lo necesario para combatir".
Progresivamente, se ha puesto en marcha una inmensa maquinaria
de guerra de una inercia tal, que parece inútil intentar
hacerle frente y ponerla en su sitio y a su ritmo, para que
cumpla sus funciones sin hipotecar el cumplimiento de todas las
demás. Para ello es necesario preparar la paz, actuar cada día,
todos, en favor de un cambio radical en las tendencias actuales,
tanto económicas como sociales, medioambientales, culturales y
morales. En lugar de ponernos, como siempre, en pie de guerra,
ahora debemos procurar ponernos diligentemente en pie de paz.
Hoy
suenan tambores de guerra en un mundo que, por primera vez, podría
disfrutar de su globalidad, de saberse una "aldea
global", según la expresión de Mac Luhan. Nunca hasta
ahora pudimos seguir, en tiempo real, los acontecimientos del
mundo en su conjunto: qué hace la gente, cómo vive y se
comporta, qué sucede en la naturaleza, cómo evolucionan las
identidades culturales, en qué medida guían las pautas y
valores universales. Sin embargo, este alcance mundial de
nuestra percepción no ha influido como era previsible y
deseable en una mayor distensión entre unos y otros
"barrios", en una mejor capacidad de reparto, en un
mayor acercamiento, en una mejor cooperación intelectual para,
juntos, prever y prevenir, en un mejor discernimiento de lo que
realmente importa para construir un futuro menos sombrío para
las generaciones venideras.
Ni
siquiera hemos conseguido -porque las fuentes son muchas menos
de las que esperábamos, y sus informaciones, menos
independientes, en general, de las que deberían acercarnos a la
realidad circundante con mayor precisión- ver lo que permanece
oculto, ser conscientes de los invisibles, de los que malviven y
mueren en el olvido tras la barrera profusamente iluminada de
noticias de calado escaso y de escándalos, ... mientras los
excluidos de todos los escenarios, frustrados, radicalizados,
desesperanzados, intentan, a riesgo de su vida en ocasiones,
traspasar los límites de las candilejas. Otros, más heridos,
menos pacientes, urden ocasiones de venganza. Al final, como ya
nadie duda a estas alturas, todos pierden. El siglo XX ha
demostrado el fracaso -¡a qué precio de vidas y de
sufrimiento!- de la cultura de guerra y de un sistema económico
y social discriminatorio, que amplía las desigualdades en lugar
de reducirlas. De una visión miope que conduce, en un mundo
interactivo y sin fronteras, al aislamiento artificial de una
minoría que pretende consolidar su posición utilizando,
gracias a sus avances científicos y tecnológicos, los recursos
naturales de los países que integran la mayoría menesterosa.
Pueblos
enteros asolados por desgracias de todo tipo..., y nosotros, los
privilegiados, creyendo que con limosnas podemos acallar nuestra
conciencia, nuestra indiferencia, nuestro "sin remedismo:
"¿Qué puedo hacer yo? Las cosas son así". Si
insisto en el peligro inherente a estas situaciones es porque he
tenido ocasión de ver cómo se vive y muere y escuchar lo que
se dice en muchos lugares del mundo que forman parte del 83% que
se halla más allá de los confines de la fortaleza de los prósperos.
En ambos lados de la línea imaginaria, la práctica totalidad
de los habitantes lo único que desea es disfrutar plenamente de
este misterio que representa cada vida en cada instante. Cuando
se comprueba la generosidad, dedicación, voluntad y buena fe de
tantas y tantas personas, nos llenamos de sentimientos de
esperanza y del convencimiento de que otro mundo es posible. Es
aquel mundo que se concibió en 1945 en San Francisco:
"Nosotros, los pueblos"..., dotados de unos puntos de
referencia -la Declaración de los Derechos Humanos, en 1948- y
decididos a compartir mejor los frutos de la tierra (programas
de Naciones Unidas para el desarrollo, 1954). Un mundo que
construiría "la paz en la mente de los hombres", según
reza la Constitución de la Unesco, a través de la educación,
la ciencia y la cultura, mediante la "solidaridad
intelectual y moral de la humanidad". Sólo así, a través
de la educación -conocimientos, valores, actitudes,
creatividad-, podríamos superar ahora, como se pretendía
entonces, el catastrófico balance cultural y espiritual de
fines de siglo y de milenio.
El
gran proyecto de 1945 no se ha convertido en realidad. Primero,
por la confrontación de las dos grandes superpotencias: cuando
la Unión Soviética se hundió en 1989 -porque, supuestamente
basada en la igualdad, había olvidado la libertad- la historia
ofrecía una gran oportunidad a la otra superpotencia, que se
hallaba asimismo en grandes dificultades, porque, basada en la
libertad, se había olvidado de la igualdad. Y ambas, de la
fraternidad. En lugar de liderar la democratización a escala
mundial, como al final de la II Gran Guerra, eligió esta vez
liderar tan sólo al grupo de países más poderosos (G-7 o
G-8). Simultáneamente, tuvo lugar una arriesgada e indebida
trasferencia de responsabilidades al mercado, al tiempo que
emergían grandes conglomerados privados a escala supranacional.
La inexistencia de códigos de conducta llevó a desmanes y tráficos
(de armas, capitales, drogas, personas) y a una total impunidad.
En múltiples ocasiones he subrayado la contradicción, tan
nociva, que representa la existencia de democracia, que es la
solución en el ámbito nacional, y de oligocracia, en el
internacional. Sin posibilidades de manifestar su situación, la
mayoría de los países -incluso algunos antes
"desarrollados"- se han visto abocados a formar parte
del conjunto multicolor de rezagados (endeudados, dependientes
tecnológica y financieramente), agudizándose los sentimientos
de animadversión por las promesas incumplidas, por las asimetrías
crecientes, que generan caldos de cultivos de rencor y
agresividad.
Segundo,
por el papel, más silencioso y sumiso de lo que era de esperar,
jugado por Europa. Cuando, después de un clarividente inicio y
de un largo proceso, la Comunidad Económica pretende
transformarse en Unión, los objetivos a corto plazo impiden que
Europa ejerza la influencia que, como gran aliado, le
corresponde. Los aliados, los amigos, son los que aconsejan y
dicen lo que piensan. Hasta ahora, factores secundarios
-principalmente de orden comercial y económico- han impe-dido
el surgimiento de la Europa que está llamada a representar un
papel relevante, si se mantiene el Atlántico como nexo
principal. China, Japón, India, Brasil... son demasiado
influyentes para que pensemos que, de todos modos, los nuevos
caminos van a pasar por nuestro territorio.
Deber
de memoria. Memoria del pasado y, sobre todo, memoria del
futuro. Tengamos permanentemente a la vista los posibles
escenarios del mañana, para que cumplamos nuestra
responsabilidad de elegir, aunque implique muchas
transformaciones, lo que más conviene a nuestros hijos.
Deber
de igual mirada sobre el presente para que hechos como los que
se repiten a diario en el Oriente Próximo se atajen de forma
inmediata. Nadie debería tener patentes de corso, sobre todo
cuando tanto se invocan los derechos humanos... Los vivos -y los
muertos- valen lo mismo, por principio, y no puede ser que sólo
se cuenten los de un lado.
Por
experiencias todavía recientes, sabemos bien cuándo y cómo
empiezan las guerras, pero nunca se sabe cómo y cuándo
terminan.
Pongámonos
todos al lado de la "paz preventiva". Pongámonos en
pie de paz para:
-
Evitar la violencia en casa, en nuestro pueblo, en nuestra
comunidad, en nuestro Estado, en el mundo.
- Retomar las riendas de la gobernanza mundial y que el mercado
esté sometido a unos principios éticos universales.
- Lograr, en un gran movimiento mundial, la erradicación del
hambre en el mundo, adoptando acciones concretas en favor de los
que hoy, en Etiopía y otros países, mueren de hambre e
insolidaridad.
-
Coordinar eficazmente las acciones que impidan que niños y
adolescentes se vean condenados a la enfermedad, a la opresión,
a la ignorancia, al padecimiento de enfermedades que hoy ya
pueden combatirse y prevenirse.
-
Impulsar la investigación científica para que pueda hacerse
frente en particular a las enfermedades que diezman hoy a una
buena parte de la humanidad que vive en condiciones higiénicas
de gran precariedad, mejorando en todo el mundo el acceso a los
sistemas sanitarios preventivos, curativos y paliativos.
-
Conseguir que la protección del medio ambiente y la observancia
de la Carta de la Tierra se convierta en un compromiso cotidiano
de todos los ciudadanos del mundo, de todas las autoridades
municipales, de todos los parlamentarios y gobernantes,
asegurando la disponibilidad de medios apropiados y los
mecanismos de coordinación para hacer frente a las catástrofes
naturales o provocadas.
-
Fortalecer rápidamente a las Naciones Unidas, dotándolas de
los recursos humanos y financieros necesarios para establecer
los códigos de conducta mundiales que sean precisos, mediante
los correspondientes Consejos de seguridad (medioambiental,
cultural, económico, ético) y asegurar, en nombre de todos, su
cumplimiento.
-
Incorporar a las legislaciones nacionales las declaraciones y
recomendaciones más relevantes de las "cumbres", que
en la década de los noventa, abordaron las distintas
dimensiones de la educación, la ciencia, el desarrollo social,
la participación de la mujer, la tolerancia, el respeto y
conservación de la naturaleza, etcétera.
-
Poner en marcha, con todas las garantías necesarias para la
eficacia de su acción, el Tribunal Penal Internacional, con
todos los mecanismos que aseguren el adecuado y democrático
funcionamiento del mismo.
En pie de paz, en favor:
-
De unas fuerzas de seguridad dotadas de los efectivos humanos y
medios tecnológicos que garanticen el cumplimiento de las leyes
emanadas de los Estados democráticos, de tal modo que se
reduzcan al mínimo, junto con las medidas antes mencionadas,
los focos de violencia y terrorismo.
-
Del desarrollo endógeno a escala mundial, con inversiones y
transferencia de tecnología que eliminen las presentes
desigualdades.
-
Del establecimiento, con la colaboración de los centros
universitarios y de investigación, de las instituciones
prospectivas que, a escala nacional e internacional, permitan la
necesaria anticipación, especialmente en fenómenos y procesos
de irreversibilidad potencial.
-
De unos medios de expresión de los ciudadanos de todo el mundo
que puedan superar las formidables barreras del poder mediático
actual y conseguir que sus voces, propuestas y protestas puedan
alcanzar a los gobernantes y parlamentarios.
En
pie de paz para acelerar la movilización popular por la no
violencia, logrando que las organizaciones y comunidades
intelectuales, académicas, humanitarias y de toda índole no sólo
no permanezcan silenciosas, sino que su clamor sea capaz de
iniciar los cambios de rumbo que son imprescindibles para que
esclarezcamos los horizontes, hoy tan sombríos, que legamos a
nuestros descendientes.
Sabemos
bien el precio de la guerra. Es un precio muy superior al de la
paz. Vamos a prepararnos para la paz como en el pasado nos hemos
preparado para la guerra. Hemos vivido en pie de guerra una
cultura basada en la fuerza. Modifiquemos el adagio y digamos:
si quieres la paz, prepárala cada día con tu comportamiento.
Como recomendaba la profecía de Isaías, "convirtamos las
lanzas en arados". Transitemos hacia una cultura de paz, de
diálogo y entendimiento. Pongámonos en pie de paz.
Federico Mayor
Zaragoza
El País. 17 de Febrero de 2002
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