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FERRAN
GOMILA MERCADAL
El Sistema Penal no es, o no debe ser, la
marioneta artillada del gobierno de turno. Su configuración gravita sobre
un pacto de sociedad supragubernamental. Cuando Beccaria pronunció su
frase lapidaria: dadme el Código Penal de una Nación para interpretar a
su sociedad, dijo el Código Penal de la Nación, no del Gobierno de
turno.
Esta afirmación inicial la compartirían posiblemente todos los
constitucionalistas y todos los penalistas del mundo. Entendámonos, del
mundo civilizado.
De este entendimiento del mundo civilizado no forman parte el presidente
del Gobierno, señor Aznar, ni su ministro de Justicia, señor Michavila,
ni su Fiscal General del Estado, señor Cardenal.
Este trío no forma parte del consenso universal docto y científico que
preconiza la existencia del Código Penal como un instrumento central de
protección de la sociedad, y no como el instrumento visceral de
atrincheramiento del Gobierno de turno en vindicta de su política
sectaria.
Un Gobierno esencialmente vindicativo, agresivo y disciplinante
flexibiliza y malea el que fue llamado Código Penal de la democracia (Ley
Orgánica 10/1995) como un guante de hierro que es movido única y
solamente por los impulsos de la mano del Gobierno. Un Gobierno que
sojuzga a un Grupo Parlamentario que es un parásito sin entidad propia,
que a su vez controla un Parlamento reducido a la inanidad y al cobro de
dietas. El mal llamado Poder Legislativo está completamente subordinado
al partido gubernamental, que a su vez se halla vampirizado por el propio
Gobierno, que a su turno está totalmente supeditado a las ocurrencias del
presidente del Gobierno y de su ministro de Justicia, coreado instantáneamente
por el Fiscal General del Estado, por la mayoría dominante del Consejo
del Poder Judicial y, si falta hace, también por el presidente del
Tribunal Constitucional.
En esto ha parado la teórica división de poderes y la estratificación
del que sólo con licencia o eufemismo penoso cabe denominar Estado social
y democrático de Derecho.
No es ajeno a esta catástrofe del teórico equilibrio de poderes el
bochornoso maltrato deliberado que inflige a las Cámaras legislativas el
actual mecanismo de legislación, ni que sea de la legislación orgánica.
La increíble profusión de normas, singularmente las de contenido laboral
y ahora también las de médula penal, imposibilita que los propios jueces
y magistrados asimilen este atropello legislativo constante. Se cita como
ejemplo más escalofriante el increíble despeñamiento de todo un
tratamiento innovador sobre la prisión provisional, por cierto embutido
anómalamente en la legislación sobre Extranjería de la L.O. 11/2003, de
23 de septiembre, que ha permanecido en vigor un mes, ya que ha sido
reformado sin que el neonato levante cabeza mediante la nueva L.O.
13/2003, de 27 de octubre. Para colmo, se introducen parcialmente nuevos
aditamentos sobre la prisión provisional en la posterior L.O. 15/2003, de
25 de noviembre
Por otra parte, esta diarrea normativa se aloja reiterada y sañudamente
en cuerpos legislativos embarazados o trufados con todo tipo de normas
ajenas a la denominación externa de la ley en cuestión, de modo que las
leyes se han convertido de verdad en inclasificables. Todas deberían ser
llamadas en propiedad ley de revoltijo n.º tal, y nos enfrentaríamos a
la pura verdad. La culminación aberrante del mecanismo aniquilatorio del
Poder Legislativo, pero lógica si se tiene en cuenta que la conculcación
del equilibrio de poderes es el proyecto natural de una derecha
reaccionaria y absolutista, reside en sustraer al Congreso de los
Diputados la introducción en el Código Penal de nuevos delitos políticos,
que se efectúa mediante una enmienda de urgencia en el trámite de revisión
por el Senado de una ley cualquiera, esta vez la Ley de Arbitraje.
Naturalmente, me refiero a la introducción de dos delitos que tienen
destinatario único y señalado de antemano, los señores Ibarretxe y
Atutxa, en función de sus prácticas políticas que el Gobierno Aznar no
sabe o no puede contrarrestar por medios políticos legítimos. Es
inadmisible que un proyecto político, acertado o no, sea combatido, después
de nacer y hacerse presente en estado de insignificancia penal, a través
de una reforma penal ad hoc preconizada en solitario y resuelta por el
Gobierno a espaldas del Congreso de los Diputados, en el que reside la
soberanía nacional.
Esta refinada fechoría sobrepasa sin paliativos los límites que una
sociedad sana puede tolerar. Si es consentido este retorno a la más pura
caverna de la reacción no sólo se pierde el sentido de la dignidad política,
se corrompe igualmente el dificultoso edificio de la teoría
constitucional, de raigambre política y jurídica, que ampara al
ciudadano frente a las extralimitaciones del poder. Ésta no es una
extralimitación cualquiera. El Gobierno pretende criminalizar la voluntad
política de unos ciudadanos que no infringían el Código Penal cuando
esta voluntad política venía madurando en forma absolutamente pacífica.
Infausta es la actual celebración del 25 aniversario de la Constitución.
Una Carta Magna que no es secundada por un Código Penal seguro y fiable,
indiscutiblemente el primer texto legal en la prioridad de asegurar la
libertad y seguridad de la ciudadanía, es una Constitución puesta en
jaque por un poder absolutista y descontrolado. El Gobierno maneja el Código
Penal como si fuera un plan de contingencia maleable a su antojo en función
de los intereses políticos de la derecha cavernaria.
El Código Penal no es un plan de contingencia. Si nuestra sociedad
permite que este atropello sea consumado se halla condenada a la declinación
e irremediable caída de las libertades civiles, sede y fundamento de un
sistema democrático que no sea sólo de boquilla.
Ferran Gomila Mercadal de la Associació Juristes de les Illes Balears (AJIB).
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