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El
arte como una forma de vida
Para
hablar de pintura, el artista se dirigió a la vida y así puso el dedo en
las heridas de un mundo de "progreso" en el que no se reconoce
Cada día que no puedo pintar queriendo es una tragedia. Cada vez que
pinto, también. Pero una tragedia distinta, un desastre más bien, pero
al menos estoy obligado a pintar. Todo consiste en repintar. Borges decía
que ya no leía nada, que sólo releía. Uno siempre repinta. Nunca pinto
mejor que cuando me están esperando en otra parte. Un sistema infalible
para pintar con provecho es tener otra cosa urgente que hacer. Hace años
que me di cuenta de que pintaba mejor si se suponía que tendría que
estar cocinando para mis amigos, o cuando mi ausencia inexcusable evitaba
que empezara algún banquete en el que hubiera tenido que hablar, por
ejemplo. Entonces, con frenesí y con cierto malestar exquisito empiezo
cuadros sin esperanza y sin preocuparme de acabar los anteriores, como una
especie de huida hacia adelante, con la ligereza inquieta con la que
dibujaba obscenidades en mis cuadernos escolares durante las clases.
A
veces pienso que es una forma de sacrificio propiciatorio a mis cuadros o
una ligera perversión. Hace más de veinte años el elogio mayor que se
podía hacer de un artista era destacar su coherencia. Por una razón u
otra, los profesores y los artistas que me gustaban entonces menos eran
estrictamente coherentes.
Consigo
mismos, se solía siempre añadir. Yo, en cambio, sólo conseguí
escabullirme, si es que lo conseguí, asumiendo mi completa incoherencia,
mis permanentes contradicciones, haciendo de ello una cuestión de estilo.
Sólo hay estilo, nada más. Parece un eslogan de publicidad, de perfume
masculino. Hay un texto magnífico de Céline sobre ello. Me cuesta hablar
de mis cuadros. Aunque debería hablar tan sólo de pintura, de mi pintura
en mi taller, no puedo evitar que se cuele por la ventana la realidad
exterior. Un amigo me hizo notar hace unos días, y ya me había dado
cuenta, lo mucho que se parecía la imagen fotográfica de esta barcaza
con somalíes muertos o moribundos en las costas de Lampedusa a mis
cuadros de barcazas y piraguas africanas cargadas de gente -viva, eso sí-
que pinté hace doce años entre África y Europa. Este último año en
Italia, mientras trabajaba intensamente en la capilla de Sant Pere de la
Catedral de Palma, no dejaba de pensar en la absurda e injusta guerra de
Irak. Me preguntaba si acabaría yo primero o la guerra. Después pensé
que en cualquier trabajo que hubiera estado haciendo, siempre habría una
guerra por ahí en marcha: en África, en Asia, en los Balcanes, en
Palestina. Probablemente más de una a la vez. Tal vez menos exuberante
televisivamente hablando que la última de Irak, pero igual de terrible.
¿Quién era este escritor que llamaba a la CNN la cadena perpetua? Mi
trabajo cerámico en Nápoles se acabó a principios de verano, la guerra
no se sabe muy bien. Por la ventana de mi taller, el plácido mar Mediterráneo
parecía un ruedo de toros, con algunos frágiles burladeros para
protegernos, definitivamente insuficientes ante la vergüenza de saber que
a pocas millas se muere de frío y de hambre en frágiles embarcaciones y
que pocos kilómetros más allá bombas inteligentes de guerras
preventivas provocan muerte y destrucción.
Ahora
me doy cuenta de que cada vez que tuve que dar conferencias, pocas y semi
improvisadas, he mentido sistemáticamente. No en cosas muy importantes,
ni en nada fundamental, pero sí en pequeños detalles. Por ejemplo, digo
que nací el año de la muerte de Jackson Pollock. Queda muy bien, pero
Pollock murió en el 56 y yo nací en el 57. En enero, pero del 57. Ello
me sirve, de todas formas, para trenzar una historia del arte. Pollock
nació el año de la muerte de Monet, Monet nació el año de la muerte de
Rembrandt, que nació el año de la muerte de Caravaggio, Giorgione, tal
vez Masaccio, Giotto, Duccio... en fin, hasta una nacimiento incierto.
Estas imposturas o inexactitudes más o menos deliberadas me sirven para
hacerme un sitio en la historia del arte. De mala manera, pero un sitio.
Que
nací en Mallorca, Felanitx, aseguro que es cierto. Que la vida todavía
muy agreste y anfibia de mis primeros años fue fundamental en el
desarrollo de una cierta estética personal parece evidente. Pero lo es
mucho más la terrible angustia de ver deteriorarse y degradarse el
territorio de mi infancia a una velocidad de vértigo. La combinación de
codicia y estupidez ha dado en Mallorca resultados catastróficos.
Seguramente yo uso en mi trabajo las sensaciones terriblemente sensuales y
terrestres de pescar llampugues amarillo limón plateado; de sentir en la
boca el temblor eléctrico de las quisquillas vivas, que comemos crudas a
la vez que las usamos de cebo acopladas al anzuelo para pescar raons, con
sus colores de puesta de sol en Arcadia; del efecto de morder un pulpo
entre los ojos para matarlo, sólo así certero y eficaz, y la tinta ya inútil
tiñendo el agua de negro. Lo que ahora resulta determinante en mi estética
no es tanto el poseer este universo mediterráneo que hemos aprendido a
reconocer en Mallorca, o en Atenas, o en Pompeya, sino su pérdida
irremediable, no por desgracias insondables ni cataclismos impredecibles.
Esta combinación de ignorancia, codicia y estupidez produce resultados más
terribles. En una isla de apenas 50 kilómetros se pretenden construir
autopistas, doblar la capacidad de un aeropuerto ya desmesurado, incluso
tendremos derecho a un campo de polo, con su consiguiente urbanización,
en uno de los parajes más vírgenes y más secos de la isla.
Podría
continuar horas y horas la lista de desaguisados, pasados y previstos,
enormes en un país tan pequeño. Les cuento todo esto porque el premio Príncipe
de Asturias de las Artes que tuve el honor de recibir se argumenta en mi
aportación al arte con una estética mediterránea. Probablemente es
cierto, puesto que al fin y al cabo, uno no escoge su estética, al menos
no tanto como uno pretende. Pero este mundo mediterráneo está ahora
debajo de gruesas capas de hormigón y son otras lenguas ya las que se
oyen en los muelles, donde velocísimas máquinas marinas ocupan el lugar
de los desaparecidos y lentos llaüts.
Joan
Miró, el mejor artista que ha trabajado en Mallorca, a finales de los 70
y preguntado sobre la presión urbanística y de la industria turística
de Mallorca, dijo: "Los mallorquines son tontos". Y eso que era
un hombre parco en palabras. Es curioso que jamás se cite esta frase de
Miró, del que en Mallorca usan y abusan de sus estrellitas y lunas como
anagrama de dudosas empresas, mientras se deja en el marasmo más absoluto
la fundación que tuvo a bien dejarnos a los mallorquines. Parece que los
mallorquines hacemos todo lo posible para darle la razón.
Quería
hacer hincapié no sólo en el hecho de cómo afecta a un artista como yo
la insularidad, que desde luego es mucho, sino esa otra insularidad que
deja pocas opciones: la ceguera, la resignación o la complicidad. ¿Qué
tiene que ver eso con el arte, con el mío en particular? Todo,
absolutamente. En los últimos 25 años, tal vez los mismos en los que se
ha consumado la destrucción de los últimos enclaves mediterráneos
naturales, ha aumentado de una forma general el desequilibrio económico
en el mundo. La diferencia con el llamado Tercer Mundo es ya abismal e
irrecuperable. Eso sí, todos los países del Tercer Mundo tienen no sólo
el derecho sino el deber de comprarnos armas de penúltima generación con
todos los créditos posibles de Occidente. Y decimos Occidente para
abreviar.
Desde
hace quince años paso parte de mi tiempo en África, en Mali. Ahí he
visto degradarse, desagregarse, la situación económica, política y
social hasta llegar a la situación de preguerra casi generalizada en la
región. En países del África negra, de tradición sincretista y
animista, con un mosaico étnico y religioso, la situación degenera hasta
resumirse en un conflicto armado entre el norte musulmán y pobre contra
el sur más o menos cristiano y algo menos pobre. Parece una caricatura,
pero es sorprendente la frecuencia con que aparece esta situación. No he
podido evitar pensar en el paralelo entre la degradación de los últimos
espacios vírgenes africanos o la degeneración de mi isla natal por
razones totalmente distintas: el turismo, la degradación, la pérdida de
territorio, la pérdida de poder adquisitivo. Un mallorquín no puede ni
siquiera comprarse un piso ni un amarre para su barca y un dogón no puede
comprar ni un pollo ni una bicicleta.
El
mundo se está dividiendo entre terroristas y víctimas del terrorismo, en
buenos y malos, como decía, no se sabe sin con absoluto cinismo, el
presidente de Estados Unidos. Esta simplificación aterradora afecta también,
cómo no, a las artes. Al arte todo le afecta siempre. Así, nos
encontramos el arte convertido en espectáculo, en entertainment casi
generalizado, con museos que se parecen cada vez más los unos a los otros
en continente y en contenido, como Eurodisney y Disneylandia, como en esas
absurdas cadenas en las que uno come lo mismo en el mismo decorado en
Minessotta, en Varsovia o en Lyon.
A
mí me gustan más las obras de arte que la historia del arte. La historia
del arte la fabrican, o deberían fabricarla, los artistas con sus
imposturas, como ese pequeño juego genealógico del que escribía al
principio, cuya consecuencia no es sólo rodearme de buenas compañías
sino comprobar que Masaccio o el maestro de la Virgen albina no son
episodios remotos de un pasado perdido sino mis contemporáneos, movidos
por los mismos afanes y las mismas ansias. El arte como metáfora
permanentemente móvil y cambiante del Universo, una visión global del
mundo, una pintura que establezca relaciones con el mundo, no ya representándolo,
una visión en profundidad ante las estandarizadas miradas superficiales.
Esto lo dice alguien que siente un profundo amor por la superficie de las
cosas, aunque en mi pintura acaben siempre destripadas, abiertas,
desgarradas, enseñando sus entrañas.
El
arte no es un reflejo de la vida, sino una forma de vida y una bien extraña
forma de vida. Pienso en una pintura que suceda con la misma elegancia
cruel que la naturaleza, sin jerarquías ni explicaciones. Podríamos
decir, como nuestros mayores, que se aprende a pintar observando la
naturaleza. Tal vez por eso de mayor tuve que ir a pintar hasta Gaba, al
borde del río Níger, a temperaturas extremas, no sólo para escapar a la
obscena vacuidad occidental, también para retomar contacto con la tierra.
Aunque
África inmediatamente me remitió al mundo salvaje, sucio y feliz de mi
infancia. Veo el continente africano arruinado y armado, endeudado y
enfermo, del que nos llegan sólo imágenes de mutilación, fragmentos,
pedazos de máscaras, de ceremonias olvidadas, barcazas llenas de muertos,
que sólo consiguen penetrar nuestra cómoda fortaleza europea en forma de
cadáver, de esclavo o de fragmento. François Augeras decía que África
es el último campo de experiencias de Occidente. Tal vez por la situación
de desahucio permanente del africano todo adquiere ahí una intensidad única.
La intensidad que posee el mundo de la infancia. Posiblemente, la claridad
diáfana cuando vemos el mundo bajo los efectos del LSD, por ejemplo. Y
también una compasión y una tristeza infinitas. "La simiente de
simiente de poeta, dejando de lado la indispensable capacidad técnica, es
la fuerza de la tristeza", decía Marina Tsevetaeva. Lawrence de
Arabia escribió: "Uno deja de ser inglés pero no se convierte en árabe".
La técnica progresa posiblemente, y el deporte tal vez, y la ciencia...
la historia del arte progresa sólo si creemos lo que ponen los libros de
historia del arte. Pero las obras de arte son ajenas a toda idea de
progreso. Son frutos del espíritu. De Altamira a la antigua China, a
nuestra atribulada y temerosa Europa, a través de los siglos y a través
de los conflictos, se muestran como productos de un afán de
trascendencia. Van más allá de las miserias y nos conciernen
personalmente ahora y siempre.
Texto
de la conferencia que pronunció el pintor el 23 de octubre en la
Universidad de Oviedo, la víspera de recibir el Príncipe de Asturias de
las Artes de 2003
Publicado
en Diario de Mallorca. 29 de octubre de 2003?.
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