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El
belicismo introspectivo de
la administración republicana de los Estados Unidos tras el 11 de
septiembre del 1001 (no hay duda de que los demócratas hubieran
reaccionado de otro modo) está consiguiendo indirectamente uno de los
objetivos inconfesados más evidentes de la gran potencia hegemónica:
frustrar la construcción europea, evitar que surja al otro lado del Atlántico
otra gran potencia que, aunque afín ideológicamente, pudiera condicionar
la arbitrariedad interesada de la política exterior americana.
En
la grave cuestión de Irak, resulta indisimulable que, junto al objetivo
de derribar al peligroso sátrapa, Norteamerica desea servir a sus propios
intereses estratégicos, tanto en materia energética como geopolítica.
Estas evidencias, unidas a las proclamas de unilateralismo norteamericano,
han producido la resurrección de los mas viejos fantasmas europeos. Fue
Javier Solana, en su resonante articulo publicado en la "Harvard
lnternacional Review", el primero que advirtió un fuerte deterioro
en el "vinculo trasatlántico". El impacto de los atentados del
11 S "ha arrojado luz sobre la evolución de la relación entre
Europa y Estados Unidos durante la ultima década como consecuencia de un
entorno transformado. Así, mientras Washington ha reaccionado con rapidez
a los nuevos desafíos, tanto en la práctica como en su definición de
estrategia, las diferencias de percepción y capacidad contienen las
semillas de una posible ruptura trasatlántica. Nada podría ser mas
peligroso para ambas partes; Europa y Estados Unidos tienen el deber común
de cultivar su relación. Ello requiere un serio debate sobre
percepciones, valores, métodos y capacidades...".
Esta
situación incluye además un elemento añadido: el debilitamiento del
vinculo entre Europea y Estados Unidos está provocando una evidente
fractura en Europa. De forma bien perceptible, chocan en el Viejo
Continente las dos sensibilidades clásicas del europeismo. El que
pretende hacer de la Unión Europea un simple espacio de libre comercio,
manteniendo en lo político el antiguo orden supeditado al imperium
norteamericano, y el que trata de construir un edificio político sólido
de características federales o confedérales, capaz de tener una entidad
diferenciada e incluyente, y de aliarse con Estados Unidos en plano de
igualdad, sin subordinación.
No
es, en fin, la hipótesis de
guerra contra lrak la que provoca la desunión europea sino, como también
señala Solana, la nueva estrategia americana que supone "el paso de
un sistema de contención y disuasión a un mundo de prevención militar
definido por un Estado". La negativa franco alemana no se refiere,
pues, tanto a la guerra en sí cuanto a que los Estados Unidos estén
dispuestos a emprenderla por su cuenta y riesgo, dentro o al margen de las
resoluciones del Consejo de Seguridad, con el acuerdo o el desacuerdo de
sus aliados tradicionales.
No
debería caer Europa en esta burda
trampa: las concesiones al unilateralismo norteamericano nos conducirían
a un mundo sin reglas, a una comunidad internacional basada en la
arbitrariedad y en el interés del más fuerte. Y es de otra parte
evidente que solo una respuesta firme de Occidente a la pretensión
americana de dictar por su cuenta las normas de la convivencia
internacional podrían hacer recapacitar al gigante y llevarlo de nuevo al
redil del multilateralismo, del que la ONU es la máxima y genuina expresión.
El pulso que está teniendo lugar es, pues, decisivo, y lo importante en
el no es tanto la decisión que adopte el Consejo de Seguridad la próxima
semana cuanto el hecho de que sea el Consejo de Seguridad el que adopte
las decisiones que vayan a tomarse. Quien proponga una solución al margen
de la legalidad internacional estará contrayendo, en fin, una gravísima
responsabilidad.
Antonio
Papell
Diario de Mallorca
01-02-03
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