Es
una iglesia de nave única rectangular, armoniosa de
líneas, dividida en seis trastes por contrafuertes
interiores ocupados por capillas laterales. Una
vuelta de cañón de medio punto cubre toda la nave.
Las capillas están rematadas también por vueltas
entre los contrafuertes.
Igualmente la cúpula del ábside esta formada por
otra vuelta de igual factura que guarece todo el
presbiterio.
Las
soluciones a los problemas arquitectónicos son
seguras y simples. Las proporciones y armonía de
líneas sencillas caracterizan toda la construcción.
Si
no estuviera estucada, el color tostado de la piedra
noble usada remarcaría más la sobriedad de su buen
gusto. El color blanco, las franjas verdosas y el
zócalo pintado entre siena y carmesí, le dan un aire
un tanto acaramelado. Sobre el portal mayor y
sostenido por una vuelta rebajada, se levanta el
Cor,
espacio dedicado al rezo de los frailes, al órgano y
a los cantores.
Una
cornisa ancha continua, transitable y de arquitrabe
postizo une todo el perímetro de la nave por la
línea de arranque de la vuelta.
La
capilla de la Purísima constituye una construcción
aparte y diferente del resto. Es un espacio abierto,
acogedor y festivo contiguo al segundo traste, a la
izquierda de la nave central y antes del altar
mayor. Tiene una planta hexagonal irregular,
cubierta con cúpula que remata un rosetón. Desde
cada ángulo se levanta una pilastra de triple nervio
imitando un entorchado. El nervio central de cada
pilastra atraviesa el anillo de la cúpula que queda
dividida en 6 plafones. A los lados, mediante el
nervio lateral de las pilastras, se forman dos
pequeñas capillas por banda, cerradas con vueltas
estrechas de medio punto. Adosadas a los
contrafuertes de entrada de la capilla, también se
abren dos capillas más, una a cada lado. Las seis
capillas tienen sobre su clave ventanas de ojo de
buey, bajo la cornisa de arranque de la cúpula. La
luz del presbiterio de la Purísima es tan ancha como
las capillas de la nave central. El ábside esta
rematado por una vuelta de caracola, la única que
hay en el convento. Toda la capilla transmite una
sensibilidad diferente a la del conjunto de la nave
central. Fue la última gran pieza del complejo
arquitectónico conventual.
A
cada lado del presbiterio hay una sacristía. La más
antigua, la de la izquierda, fue el primer lugar de
culto. La simétrica de la derecha es de construcción
posterior al claustro.
El
claustro constituía propiamente la vivienda de los
frailes. La base es cuadrada con dobles galerías
superpuestas que unificaban celdas individuales y
dependencias comunes como eran cocina y despensa,
comedor o recibidor, enfermería, sala de estudio y
biblioteca y sala capitular o de reuniones.
La
fachada principal apunta al sur, orientación de la
luz y el aire caliente. Es la exaltación de la
simplicidad, dorada simplicidad, porque la piedra
tiene el color cálido del oro, cuando la luz viva
del sol lo ilumina.
El
muro que cierra el recinto sagrado es considerado
simplemente un monumento eclesial. Más sencillo no
puede ser, como corresponde a una iglesia
franciscana. Los dos únicos elementos que rompen la
austeridad de esta gran pared cuadrada son la
claraboya, el elemento necesario para iluminar la
nave interior, y el portal mayor.
La
claraboya esta enmarcada dentro un círculo de
molduras. Una cabeza de ángel en la parte superior y
un águila en la inferior rompen la sencillez del
conjunto. Constituyen en realidad dos añadidos
fantasiosos que no aportan nada al conjunto.
Del
antiguo reloj mecánico nos queda un desecho borroso
de la esfera rectangular y la única aguja que
siempre tuvo.
Dentro la simplicidad del frontispicio sobresale el
majestuoso y rico portal barroco tallado en piedra,
abierto como una invitación a entrar. Data de
mediado de siglo XVIII, en plena euforia barroca, un
siglo después de haberse inaugurado la iglesia.
El
sentido inmaculista que se quiso dar al Convento
desde sus inicios se encuentra aquí hecho piedra. La
Virgen Inmaculada preside todo el portal, que se
convierte en una especie de gran retablo en su
honor. La imagen, esculpida en piedra, ocupa un
nicho flanqueado por pilastras decoradas con motivos
vegetales.
En
el tímpano encontramos una media vuelta de siete
casillas que configuran una letanía en honor a la
Virgen con resonancias bíblicas.
El
central representa el sol, símbolo del resplandor de
Maria. Siguen a cada lado la palmera y el ciprés,
signos de su exaltación sobre toda criatura. Vienen
después la ciudad de Dios y el huerto cerrado, que
representan la morada de Dios, que es Maria, y su
virginidad. Finalmente, el pozo sellado y la fuente
que brota, imágenes de su virginidad y como
dispensadora de gracia.
Sobre el tímpano y como coronamiento de todo el
portal, el escudo franciscano con los dos brazos
cruzados, presididos por la cruz, un desnudo, el de
Cristo, y el otro vestido, el de San Francisco.