Agamenon  J U P I T E R

   

   Júpiter es el gigante de los planetas, once veces mayor que el diámetro de la Tierra y más de trescientas veces su masa, con tremendas presiones gravitatorias y rotaciones que crean en su densa atmósfera un vórtice de metano y amoníaco. Con un radio orbital de 777 millones de Km, a Júpiter apenas llegan la luz y el calor del distante Sol, y la vida como la conocemos es inimaginable. La identidad de este planeta como el Rey de los Dioses se acomoda bien a su heroico tamaño en el sistema solar, al igual que su cortejo de doce lunas; cuatro de éstas las descubrió Galileo en 1610, se las puede observar desde la Tierra con unos buenos prismáticos.

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    El período de revolución de Júpiter en torno al Sol es de 11.86 años. La aproximación de este ciclo a los doce años significa que Júpiter recorre un sigo del zodíaco cada año, al igual que el Sol cada mes. Esta correspondencia de movimientos llevó a los primeros astrólogos chinos a llamar a Júpiter Estrella del Año. En China se cría que el planeta generaba el poder de cada grupo de estrellas que recorría, y, al igual que en la astrología europea, se lo consideraba un hacedor divino de leyes, en sintonía con la administración humana de la autoridad del mundo terrenal. En la imaginería china tradicional, Júpiter aparece como noble oficial o magistrado, es decir, como el representante local de la autoridad imperial en cada una de las ciudades chinas. El ciclo de doce años estaba estrechamente relacionado con las doce ramas del sistema sexagesimal (desarrollado a partir del número base 60) del antiguo calendario chino, y en fecha tan temprana como el siglo IV a.C. encontramos las siguientes observaciones sobre este ritmo clave en el texto Chi Ni Tzu: Con sabia decisión y sabio juicio, con ayuda del tao, se pueden usar los excedentes para remediar escaseces … habrán de construirse carros durante las riadas, habrán de prepararse botes durante las sequias. Las cosechas abundantes llegan cada seis años y las hambrunas cada doce. Así, el sabio, prediciendo las recurrencias de las naturaleza, se prepara para la adversidad futura.

 

      En la mitología mesopotámica, Júpiter era el planeta de Marduk, el dios patrono de Babilonia. Marduk parece haber comenzado su vida como una deidad agrícola, a la que se asociaba con el poder fertilizante del agua. Esta idea puede rastrearse hasta el mundo romano, donde se honraba a Júpiter como Júpiter Pluvius, el que traía la lluvia, que se encuentra entre las mayores bendiciones que un dios del cielo puede otorgar a la humanidad.

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  La epopeya mesopotámica de la creación, de la que se cree que data del segundo milenio antes de nuestra era, proporciona la imagen más completa del estatus que se le otorgaba a Marduk. Las primeras cuatro generaciones de dioses fueron creadas a partir de la pareja primigenia, el dios Apsu y la diosa Tiamat, pero su descendencia fue tan irritantemente ruidosa que Apsu quiso destruirlas para poder seguir durmiendo. Ea, uno de los descendientes, lo supo, y mató a Apsu. Sin embargo, Tiamat, deseosa de venganza, mandó un tropel de monstruos horripilantes. Los dioses parecían condenados hasta que Marduk, hijo de Ea, respondió a la llamada de su padre para que le ayudara contra tan temibles enemigos. Sin embargo, Marduk aceptó salvar a los dioses de la amenaza de Tiamat sólo si prometían otorgarle la autoridad suprema: Serán mis palabras las que fijen el destino en lugar de las vuestras. Lo que yo cree no deberá alterarse. Lo que salga de mis labios no se revocará jamás, jamás se cambiará.

             Reunidos en asamblea, los dioses quisieron que pasara una prueba antes de someterse a semejante condición. Colocaron una constelación en medio de ellos y le pidieron a Marduk que la destruyera y la recreara según su voluntad: Habló y la constelación se desvaneció. Habló de nuevo, y volvió a crearse la constelación. Ante esto, los dioses se regocijaron y le llamaron rey y desde entonces a Marduk se le conoció como Pastor de las Estrellas. Capturó a los monstruos de Tiamat y luego asesinó a la diosa primigenia. Marduk troceó en dos mitades su cadáver como si fuera un pez para secar y las convirtió en el cielo y la tierra, y de su escupitajo hizo las nubes, el viento y la lluvia.

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           Uno de los primeros pasos de la creación de Marduk fue la asignación de tres regiones a los dioses Aun, Enlil y su padre Ea: estos tres constituyeron conjuntamente la gran trinidad. Por los planisferios y los textos proféticos de la serie llamada Ea Aun Enlil sabemos que los babilonios dividían los cielos en tres caminos. El camino de Aun era el cinturón ecuatorial, el camino de Ea era el camino exterior al sur del ecuador, y el camino de Enlil era el interior de las estrellas circumpolares septentrionales.

          A lo largo de cada camino hay doce estrellas que muestran los meses del año, y cada mes está marcado por la salida helíaca de una estrella. Enlil o Bel (Señor) fue originariamente una deidad sumeria del cielo, pero con frecuencia se le identificaba con Marduk como una única figura compuesta. Pero los tres dioses juntos forman una cosmología completa.  

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Ea está sentada en la figura de la izquierda

Cortesía del British Museum

 

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Júpiter y Tetis

    Júpiter era el dios más poderoso del panteón romano y presentaba las mismas características que Zeus de la mitología griega. En 1811, el pintor neoclásico francés Jean Auguste Dominique Ingres realizó este óleo en el que la ninfa Tetis, antigua amante suya, acude a él para pedirle que interceda por su hijo Aquiles.

      Como ocurre con otros planetas, nuestro nombre de Júpiter procede de la versión romana de una deidad griega, en este caso de Zeus, el principal de los doce dioses olímpicos. Los primeros mitos sobre Zeus mantienen un sorprendente paralelismo con algunos aspectos del Marduk mesopotámico, pero en el pensamiento filosófico griego posterior Zeus termino por alcanzar el estatus de ser la esencia abstracta de la ley divina.

           Esta elevación filosófica ya había tomado su puesto mitológico al convertirse Zeus en el dador de las leyes de los propios dioses, y en el padre sin rival de los olímpicos. Los dioses individuales son como personalidades separadas de una misma familia real, unificada en la persona de Zeus, quien no solamente representaba el supremo poder por encima de todo el panteón, sino que aparece como exponente del dominio divino en general, de manera que todas las plegarias se dirigen a él.

 

 


Masm © (Ultima actualización 29-ago-2006