Agamenon  E L  S O L

  

    En ningún lugar de los cielos se encuentra más acentuado el contraste entre ciencia y mito que en nuestras concepciones de nuestro mayor cuerpo celeste, el Sol. Este fenómeno único ha originado dos diferentes verdades a lo largo del tiempo.

 

  

      En términos científicos, el Sol es una estrella nada excepcional, simplemente una de los miles de millones de estrellas que habitan nuestra galaxia denominada Vía Láctea. Su magnitud absoluta es de 6.0, es decir, la magnitud de nuestra estrella a la distancia de 10 pársecs o 32.6 años luz sería de 6, al límite de la visibilidad del ojo humano, y su tipo espectral es G0 o amarilla del tipo mediano o enana. Nuestro Sol es una esfera incandescente, compuesta sobre todo de gas hidrógeno en permanente fusión nuclear en su núcleo, a temperaturas de unos 20 millones de grados Celsius, y en la superficie de 6.000 ºC.

    Los planetas, junto con los asteroides y algunos cometas son los restos reunidos del material expulsado por la propia formación del Sol, a partir de la enorme explosión de una supernova hace 4.000 millones de años, por tanto, nuestro Sol es una estrella secundaria, ya que anteriormente ya existía otra de dimensiones mayores y que por naturaleza propia se convirtió en una supernova. El volumen del Sol es de 1.3 millones de veces de la Tierra, y su masa, de unas 300.000 veces más.

    La dependencia de la vida terrestre del Sol es absoluta. Aparte del material meteórico o del polvo interestelar que entra en nuestro sistema planetario proceden del espacio exterior, todo vive gracias a la misma fuente de energía: tierra, aire y agua, minerales, plantas, animales y el propio ser humano. La ciencia se ve infundida de poesía cuando consideramos el perfecto equilibrio de la vida sobre la Tierra, delicadamente afinado con la luz y el calor procedentes del Sol.

    Aun cuando el Sol debe haberse impreso en la imaginación humana desde el mismísimo despertar de la conciencia, parece haber una evolución diferenciada en su tratamiento simbólico o mítico. Se han hallado ocasionalmente soles simbólicos en yacimientos prehistóricos, como las colinas de Matopo, en Zimbaue, pero no suele tratarse de un rasgo llamativo. La mayor parte de las pinturas rupestres de la época del Paleolítico superior (hace unos 40.000 años) no ofrecen representación alguna del Sol; este arte está enfocado hacia la fertilidad de la hembra y hacia los animales de caza. Con todo, no conviene que simplifiquemos excesivamente nuestras conclusiones relativas a los primeros cazadores. En antropólogo alemán Leo Frobenius (1873-1938) exploró la selva del Congo con guías nativos. Una noche sugirió a sus acompañantes que cazaran un antílope para aumentar las raciones de comida. Los guías se quedaron atónitos ante la propuesta del hombre blanco, ya que no se habían hecho los preparativos adecuados, y para hacerlos habría que esperar al día siguiente. Al amanecer, los nativos despejaron un claro de arena y dibujaron en él la figura de un antílope, luego esperaron la salida del Sol. Al salir el Sol, un rayo de luz iluminó la figura. Al instante, uno de los nativos disparó una flecha al cuello de la imagen en la arena, mientras una mujer levantaba los brazos hacia el Sol y chillaba. Entonces los cazadores corrieron hacia el bosque. Al rato, regresaron con un magnífico antílope herido en el cuello. El ritual quedó completo con la superposición de los pelos y sanar del animal en la figura que había dibujada en la arena, antes de borrarla.

    A partir de su asociación con el gran cazador (de vista aguda, de flecha que, como el rayo, va directa a su presa) hay una evolución diferenciada del significado simbólico del Sol que parece surgir al tiempo que el avance de la civilización sedentaria.

    Este cambio puede detectarse en los mitos de diversas culturas en las que el Sol comienza simplemente como un personaje mítico de segundo orden, uno entre otros muchos. Por ejemplo, en el mito griego de Helios, el Sol, a la progenitura de los titanes Hiperión y Tea se le concede un estatus secundario. Sabemos que él se creía que viajaba hacia el oeste por el cielo, precedido de Eso, el amanecer, pero hay pocos mitos que se reiteran al propio Helios. Fue más tarde cuando el poderoso Apolo le despojó de sus atributos para convertirse él mismo en el glorioso dio Sol olímpico.

              En un relato sobre Helios y su hijo Faetón. Helios conduce todos los días su carro de cuatro caballos a través de los cielos. Una mañana cede a las insistentes peticiones de Faetón de conducir el carro, pero el joven no pude controlar a los caballos. En un principio, corren muy por encima de su curso habitual y la Tierra entera tirita; luego se acercan tanto que los campos se queman. Molesto por tanto desorden, Zeus mata a Faetón con un rayo. Este mito lleva en sí una referencia al calendario, atribuible a los hititas y luego a los mesopotámicos, con la renovación del año en el solsticio de invierno.

               En un antiguo ritual mesopotámico, el viejo rey moría en el solsticio y un muchacho ocupaba su lugar durante un día; al final de ese día se sacrificaba al muchacho. En Corinto, Grecia, se daba un ritual parecido, arrastrándosele a éste en un carro solar con los caballos desbocados; luego emergía el viejo rey, que representaba al Sol, surgiendo de su escondite para renovar su ronda anual.

Las siete maravillas del mundo antiguo

        Las siete maravillas del mundo fueron otras tantas obras arquitectónicas consideradas por los antiguos griegos y romanos como las más importantes de su tiempo. Eran las siguientes: las pirámides de Gizeh en Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa en Éfeso, la estatua criselefantina de Zeus en Olimpia, el mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el faro de Alejandría.

            Una de las primeras civilizaciones que se establecieron un estatus sobresaliente para el Sol fue la del antiguo Egipto, a partir del tercer milenio a.C. Al Sol, en su aspecto de disco solar, se lo llamó Aten; pero dependiendo de si salía, llegaba a su cenit o se ponía, recibía sucesivamente los nombres de Khefri, Ra o Atón. También era Horus, el dios con cabeza de halcón que más tarde fue identificado por los griegos con su dios Sol Apolo.

 

 

          En torno a Khefri, el dios del Sol del amanecer, se desarrolló un simbolismo particularmente evocador. Se le representaba por un escarabajo que empujaba rodando la bola del Sol por encima del horizonte. El jeroglífico del escarabajo evolucionó después hasta convertirse en el signo astronómico de Cáncer, el signo que se asocia al solsticio de verano. Al igual que para los antiguos egipcios, el grifo representó después la fertilidad perpetua y la renovación de la vida.

    A la culminación del estatus del Sol en el antiguo Egipto se llegó con la breve revolución religiosa del faraón Akenatón (que significa gloria de Atón) en el siglo XIV a.C. Exaltó éste al Sol como creador de la humanidad, proscribió a los demás dioses y se declaró a sí mismo único intermediario entre el Sol y la Tierra.

Anubis

Horus

        Horus, adorado en el antiguo Egipto, era el dios del cielo, la luz y la bondad. Se representaba como un halcón, a veces con cuerpo de hombre y solía asociarse con los faraones.

       Idea que habría de volver en los siglos siguientes, y de manera muy llamativa con los cultos solares de Helios y Apolo, y que se desarrolló en torno a la figura del emperador romano.

   La historia de la adoración solar en Roma entreteje diversas hebras del simbolismo celestial, frecuentemente al servicio de los intereses de la propaganda política. Una primera hebra es el culto de Mitra, importado a Roma desde Persia.

     Mitra era el dios toro, relacionado con la constelación de Taurus; solía representárselo de banquete con el Sol. Y sin embargo, en una de las paradójicas inversiones tan características de la mitología, también se lo representaba como a un dios solar que mataba al toro. De esta forma se lo conocía como Helios, el dios Sol, y también, como Sol Invictus, el Sol invencible.

Apolo

Apolo y Dafne

      El dios griego Apolo, enamorado tras ser alcanzado por una flecha de Cupido, persigue a la ninfa Dafne, que le ha rechazado. Dafne pide ayuda a los dioses y la convierten en un árbol de laurel. El cuadro del italiano Antonio del Pollaiuolo Apolo y Dafne, pintado en la década de 1470, se exhibe en la National Gallery de Londres.

 

Hammurabi

Estela de Hammurabi

       El Código de Hammurabi, uno de los códigos legales más antiguos de la historia, está grabado en esta estela de basalto negro que mide 2,2 m de altura y que fue realizada hacia el 1780 a.C. La parte izquierda (en la imagen) muestra a Hammurabi con el dios solar, Shamash, que le está dando un bastón y un anillo que simbolizan el poder de administrar justicia.

 

   En la mitología azteca el dios Sol estaba representado por Huitzilopochtli cuya imagen que viene del Códice Borbónicus estaba representado por un casco en la forma de pista de pájaro; en una de sus manos una serpiente que nos representa el fuego que llamó el xiuhcoatl, su arma mágica, y en la otra mano un blindaje con cinco ornamentos de la pluma; y completando sus atributos un indicador del papel del ritual.

 Huitzilopochtli

         Esta imagen viene del códice Borbonicus. Huitzilopochtli no fue representado como los otros dioses. Curiosamente en las excavaciones del Templo Mayor, no se han encontrado aún ninguna figura de su imagen, aunque hay objetos relacionados con él.    

 

Baal

Baal, dios fenicio del Sol

       La segunda hebra deriva del culto del dios solar fenicio Baal, al que se le adoraba bajo la forma de una piedra negra. Baal se hizo popular en el Imperio romano en el siglo II. En 218, cuando Heliogábalo se proclamó emperador como Sol Invictus Elegabulus, se fundó el culto al Sol como religión oficial. Aureliano (que reinó del 270 al 275) adaptó el culto solar para mejor ajustarlo a la religión romana tradicional bajo el título de Deus Sol Invictus, dios, el Sol invencible. Esto duró hasta el reinado de Constantino (siglo IV), con el arraigo del cristianismo, cuando se prohibió (a la vez que se lo asimilaba) al rival solar. La festividad de Sol Invictus se celebró más adelante el 25 de Diciembre, fecha adoptada por los cristianos para su propio rey invencible.

   

    La adoración del Sol alcanzó su punto culminante en las primeras civilizaciones de América Central. La epopeya azteca de la creación termina con la generación del Quinto Sol, después de los cuatro eones previos, los soles de la tierra, el viento, el fuego y el agua. En esta cultura, los propios dioses deben ser sacrificados para conseguir que el Sol se mueva. La serpiente emplumada Quetzalcóalt les arranca uno a uno el corazón con el cuchillo sacrificial, y mediante este acto se crea el Sol en movimiento, Nahui Ollin. Este es el fundamento de los terroríficos sacrificios humanos al Sol llevados a cabo por los aztecas.

 

Dioses aztecas

    El Sol simboliza la verdad y la integridad: "Conócete a ti mismo", dice el lema del oráculo de Delfos, consogrado al dios Apolo en Corinto, Grecia. Pero la aparente brillantez del Sol oculta un misterio. Un gran filósofo neoplatónico del Renacimiento italiano, Marsilio Ficino (1433-1499), enseñaba que vemos mediante dos facultades, una de la mente concreta del pensamiento común, y otra correspondiente a un intelecto más elevado. En su poema De Sole, su última obra importante, Ficino muestra que el Sol no tiene una sino dos luces: la luz ordinaria de los sentidos terrenales y una luz oculta, escondida, inspiradora de la astronomía antigua.

    Esta idea de la luz oculta del Sol se encuentra entre las tribus pueblo de Estados Unidos, que enseñan que Oshatsh, el Sol físico, a pesar de su brillo cegador, es un escudo para proteger a la humanidad de la luz del Gran Espíritu. Estas profundas intuiciones, coherentes con nuestras propias preocupaciones occidentales, nos recuerdan la importancia y las sutilezas del pensamiento que se encuentran en los numerosísimos mitos de muchas culturas antiguas no occidentales.

 

 


 

Masm © (Ultima actualización 29-ago-2006