Agamenon  V E N U S

 

       Se habla a veces de Venus como de gemelo de la Tierra, y por cierto hay afinidad en las dimensiones puramente físicas de ambos planetas. Venus tiene un diámetro parecido a la Tierra, 12.231 km. Comparados con los 12.757 km. de diámetro de la Tierra, aunque Venus es más ligero, teniendo un 17% menos de masa. Venus gira alrededor del Sol en 225 días a una distancia de 108 millones de kilómetros, lo que le coloca interiormente a la órbita de la Tierra, como un planeta inferior. La consecuencia de esto es que Venus, desde la Tierra, y al   igual que Mercurio aparenta moverse por el cielo cerca del Sol, con una elongación máxima que no sobrepasa nunca los 48º. Un día de Venus es equivalente a 243 de la Tierra, lo que significa que Venus tarda más en girar sobre su propio eje que lo que tarda en girar en torno al Sol. Más aún, Venus gira en dirección opuesta (de este a oeste) a la mayoría de los demás planetas del sistema solar, colocándose en una categoría aparte no sólo por su excepcional belleza sino también por su características físicas.

 

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            La visibilidad de un planeta depende de su capacidad de reflejar la luz solar. La densa atmósfera nubosa que rodea a Venus permite que buena parte de la luz que incide sobre el planeta se refleje y, como resultado, que determinadas fases de Venus destaquen en brillo mucho más que cualquier otro objeto celeste, aparte del Sol y de la Luna. En una noche sin Luna, y con buen tiempo, es posible observar las sombras que arroja la luz blancoazulada de Venus.

   

             Las comparaciones culturales del simbolismo de Venus revelan tantas diferencia como similitudes. La luz de Venus, que para muchos europeos resulta tan bonita, se ve con aprensión en la astrología china tradicional. A Venus se la llamaba la Gran Blanca por su color, pero en China se la consideraba desafortunada, ominosa y fantasmal. Siempre que la Gran Blanca aparecía en el cielo se pensaba que significaba armas y castigo. Esta asociación surge de su pertenencia al principio yin, negativo y oscuro (opuesto al yang, positivo y luminoso). La aparición de la Gran Blanca a plena luz del día (cosa que puede ocurrir justamente después del amanecer o, en ocasiones, antes de oscurecer, cuando Venus se acerca a su máxima elongación) suponía que el yin superaba el yang y, por ello, dificultades para el soberano provenientes de los órdenes inferiores. Por supuesto que semejantes reacciones dependen de la persuasión de los participantes; por ejemplo, justamente el cabo de seis días de haber accedido Li Yuan al trono de la desmoronada dinastía Sui, fundando así la ilustre dinastía Tang (que duró tres siglos), la gran Blanca apareció a la luz azul del día (24 de junio de 618), cosa que se interpretó como una bendición celestial. El nombre secundario de la Gran Blanca, Fuego Metálico, relaciona al planeta con el metal, uno de los cinco elementos de la metafísica china, e indica la asociación del brillante destello de Venus con la luz que reflejan las armas.

 

 

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Lao-tsé

     Las leyendas atribuyen el Tao Te-King (Libro de la Vía y de la Virtud), libro sagrado del taoísmo, a Lao-tsé, un filósofo chino que quizás enseñara a Confucio. Los historiadores discrepan en si Lao-tsé escribió o no el Tao Te-King dada la discrepancia entre la fecha de los libros sagrados (200 a 100 a.C.) y la de la vida de Lao-tsé (alrededor del 500 a.C.). La mayoría de las autoridades en la materia acepta ahora que un taoísta anónimo debió redactar los escritos usando como seudónimo el nombre del gran sabio. El taoísmo recalca la importancia de la unidad irreflexiva con el orden del Universo y que lleva al fluir natural de las cosas.

  

          El aspecto guerrero de Venus queda especialmente patente en la mitología maya, que la asocia a la luz del día y al dios de la lluvia Chac, identificado con Tlaloc, el dios azteca de la lluvia y los desastres. Los mayas establecieron, en el siglo IV, una institución ritual llamada Guerra Tlaloc-Venus, que suponía la conquista de territorio y la captura de víctimas sacrificiales. Aún más, las decisiones sobre cuándo y dónde había que entablar batalla eran sincronizadas por los ciclos de Venus y de Júpiter.

Tlatoc

Tláloc

El dios azteca Tláloc aparece en esta ilustración en todo su espledor: coronado de plumas de garza y esparciendo semillas de maíz y frijol que después su lluvia hará germinar. Este fresco El dios de la lluvia se encuentra en el Museo Antropológico de Ciudad de México.

 

        Sin embargo, se trata de sólo de una faceta del papel principal desempeñado por Venus en la cultura mesoamericana. El más importante de todos los dioses, la serpiente emplumada Quetzalcóatl, era identificado con Venus como estrella de la mañana, por salir por el este justamente antes del amanecer. La evidencia de la tabla de Venus en el Codex de Dresde, que data aproximadamente del siglo XII, proporciona una imagen clara del sistema de calendario ritual maya, íntegramente relacionado con la observación de este planeta. Los observadores mesoamericanos del cielo tuvieron en una primera época una compresión precisa del ciclo sinódico de 584 días de Venus, según el planeta pasa por su fases de estrella matutina y vespertina. La tabla de Venus registra 65 de estos ciclos de 584 días; en conjunto, 37960 días. Coincide esto con 146 de las cuentas de 260 días del calendario maya y con 104 años solares de 365 días del pueblo maya. Estos múltiplos exactos dentro del ciclo de Venus elevaban entre los mayas el rango del planeta por encima de cualquier otro. En su salida helíaca (cuando se lo observa por vez primera justamente antes de la salida del Sol), se muestra al dios planeta Quetzalcóatl arrojando las lanzas de sus rayos deslumbrantes y atravesando a sus enemigos.

Azteca

Calendario azteca

          Este inmenso monolito se conserva en la sala mexica del Museo Nacional de Antropología de la ciudad de México desde el 27 de junio de 1964. Para transportarlo hasta allí desde el Zócalo se emplearon 30 días y una enorme plataforma. En su superficie está tallado el compendio de los conocimientos astronómicos y cosmogónicos de la civilización azteca.

    En algunas zonas del antiguo México, a Venus se la contemplaba con temor. Los pueblos indígenas cerraban ventanas y puertas antes de la salida del Sol para protegerse de los rayos dañinos de Venus, a los que consideraban portadores de enfermedades y muerte, conforme Venus salía al tiempo que el Sol.

   

             La interpretación mesopotámica de los cielos nos proporciona atisbos de una Venus diferente del planeta del amor según nuestra interpretación occidental habitual. La deidad sumeria original asociada con Venus era Inanna, pero la influencia de esta diosa fue absorbida primero, y combinada después con ella, por la de Attar, una deidad semítica masculina, que entró a forma parte de la mitología mesopotámica. Luego, el dios Attar evolucionó hasta ser la diosa Ishtar, siendo el resultado una Venus bisexual; Ishtar, la estrella de la mañana, es masculina, mientras Ishtar, la estrella de la tarde, es femenina. Como ejemplo de la naturaleza trascendente de estas interpretaciones, a Ishtar se la identificó también con Astarté, que se convirtió en uno de los orígenes de nuestra celebración de la festividad de la pascua.

Attar

   

        En su aspecto femenino, Ishtar formaba parte de la gran tríada mesopotámica del Sol, la Luna y Venus. Era hija de Sin, la Luna, y hermana de Shamash, el Sol. En su templo se afanaban dos grupos de mujeres; el de las prostitutas sagradas y el de las putas comerciales 8deben recordarse que uno de los epítetos de Ishatar es la que merodea. Esta imagen sexual de Ishtar proporcionó la base para la identificación diosa griega de Afrodita con la idea de regidora del amor erótico.

Venus

 


Masm © (Ultima actualización 29-ago-2006