Y ahí estaba ella por fin, en la penumbra iluminada por la luz de la luna.
Abrigada por sus brazos, como tantas veces había soñado.
Era como deslizarse dando volteretas una y otra vez, descendiendo por una duna de arena,
envuelta en la cálida capa resbaladiza del sudor del esfuerzo.
Viendo ese amor tan total que se reflejaba en su rostro, la triste mirada sagaz y a la vez tierna de sus ojos, comprendió que le amaba desde hacía mucho tiempo.
Lo besó con toda su alma, con besos bruscos que lastimaban, besos desesperados que hablaban de finales.
Te amo, dijo, sintiendo fluir la dicha, la pasión y la esperanza en el momento... aunque sabía que para ellos no habría nunca un mañana.- Araceli García. Palma de Mallorca-